El sol

Publicado mayo 15, 2010 por marchervas
Categorías: Jardines de la reina Rosamunda

Como todas las cosas que se esperan durante mucho tiempo, ya ha pasado, como un rayo, la actuación de Seis Juanes en San Lorenzo del Escorial. Charo López nos contrató, una mujer guapa, alegre y simpática, es decir: una mujer inteligente. Charo es una persona muy importante dentro la Red de Teatros de la Comunidad de Madrid. Es por eso que cualquier alabanza es poca. Bromas aparte, Charo es una mujer agradabilísima.

Con una pisada de acelerador nos plantamos en el Hotel Galaico de… ¿dónde estaba este hotel? La geografía se vuelve densa y borrosa cerca de las grandes ciudades como Madrid o Barcelona. ¡Ah! ¡Sí! Estaba en Collado Villalba… más o menos. Vamos a cenar a un restaurante norteamericano del centro comercial que hay junto al hotel. Me gustan mucho los centros comerciales, siempre me dan la sensación de estar enmedio de una ágora ateniense actualizada. Los reyes de los centros comerciales son los yankees, como siempre. Ellos los llaman “the Mall”. La cena me hace recordar mi estancia en el paraíso, quiero decir en los EE.UU. Mi señora y yo hicimos una estancia bastante larga hace unos cuántos años. Allí tuve la oportunidad de escribir el proyecto de los Seis Joans que el TNC  coprodujo un año después, y gracias a esta tierra de oportunidades ahora teníamos la oportunidad de comer una hamburguesa en el “Mall” de Collado Villalba. El círculo metafísico se cerraba.

Las seis horas de furgoneta me han dado una paliza y me echo en la cama molido y deshecho. El hotel tiene las paredes de papel de fumar. La intimidad es grotesca. Gracias a Dios la noche pasa rápidamente, como todo en esta vida, y llega la hora del café. Subimos a la furgoneta para llegar al teatro y sale el sol. No hay nadie a la carretera, es domingo y sale el sol. La cruz de Valle de los Caidos resplandece madrugadora. Curiosamente en Catalunya todo está a punto para el simulacro de referéndum independentista. San Lorenzo del Escorial es un pueblo con aires de balneario aristocrático. Vemos el Monasterio pero pasamos de largo, nos esperan a las 9 en el inmenso cubo blanco del teatro. Parece que estas tierras son propensas a la megalomania. El teatro es cómodo e industrial, del tipo central nuclear. Un buen equipo de técnicos, trabajadores y con buen humor, nos facilita el trabajo. Me doy cuenta que la mayoría de técnicos de la Comunitat de Madrid con los que he trabajado tienen este talante. Debe de ser una consecuencia natural del cocido. El idioma de los jóvenes madrileños todavía está vivo. Son gente creativa que hace de buen escuchar, especialmente cuando hablan de “Majas” (vestidas y desnudas).

Pido al jefe técnico por el Maestro, que dirige este teatro. Me dice que no està y se lamenta del natural centralismo de “Los teatros del Canal”. Después me enseña la sala grande y tengo que sentarme en el suelo para no caer del mareo. ¡En la caja escénica de la sala grande se podría construir el Apolo XIII! Volvemos a nuestra sala pequeña y una lampara quema unos cables. Esto me hace correr en el último momento. Finalmente lo tenemos todo a punto por empezar… excepto el público. Hoy hace sol y sólo se han vendido 60 entradas. Charo está preocupada y yo también. ¡El teatro es una afición tan superficial, tan prescindible! Charo me dice que han tenido un invierno muy duro, que ha hecho mucho frío y que cuando parecía que la cosa iba a durar por siempre jamás, hoy ha salido el sol. Los padres y las madres lo tienen claro: las familias hacen saltos de alegría ante las ventanas dominicales. Los niños se calzan con unos buenos calcetines para correr todo el día bajo las encinas de la Sierra de Madrid. Mientras que, por el momento, sólo hay una pobre mujer con su hijo sentada en el solitario patio de butacas. Faltan cinco minutos para empezar. Charo sonríe y dice que le sabe mal por nosotros. A mí me sabe mal por ella y su inmenso teatro.

En el último momento la cosa se anima y llegan dos o tres riadas de gente que llenan, casi, media platea. Hacemos una buena función. El público calla, obsesivo. Aplausos fuertes, alabanzas contundentes. Agradecimiento madrileño. Charo está satisfecha. A mí me sabe mal no haber hecho la actuación unos meses antes cuando todavía nevaba y hubiéramos llenado el teatro. Ahora la temporada ya se acaba y quedan pocas actuaciones. Con la llegada de la primavera el teatro es una cosa rara. No siempre ha sido así. En la época de los griegos, de Shakespeare, o de Lope, el teatro era solar. ¿Qué ha pasado? ¿Es el automóvil? ¿Es la televisión? ¿O es el teatro?

Me gustaría hacer un teatro solar. Un teatro que hiciera venir la gente tanto en invierno como en verano. Un teatro dónde no hubiese ninguna duda de calor vital. Un teatro alimenticio, necesario. Pero bueno, la debilidad es total. La invisibilidad, absoluta. Aspirar a la fama es una vanidad ridícula pero sí me gustaría aspirar a que la gente pensara que los espectáculos de La compañía del príncipe Totilau son fiables como un coche alemán. Esto, como siempre, es aspirar demasiado.

Un proceso de creación de un espectáculo es un proceso frágil y que se debe planificar muy bien para no estar agotado en el momento de la batalla decisiva de los ensayos. Esto lo debo tener muy en cuenta para el próximo espectáculo de la compañía. Un espectáculo que, si Dios quiere, se llamará “Caballito de cartón” y que escenificará poemas para niños muy pequeños ( a partir de tres añitos). En otoño se estrenará. Ya os iremos informando…

 Hoy llueve en los jardines de la reina Rosamunda, la residencia primaveral del príncipe Totilau. Es un día de descanso tras la paliza de la actuación. Mis brazos me hacen preguntarme: ¿Durante cuando tiempos podré hacer este trabajo de camionero? En este día de descanso me he abandonado a uno de los mejores placeres que existen: la lectura. Leo largamente en un día de lluvia. Leo Nietzsche ante la ventana. El libro es “Más allá del bien y del mal”. Este libro es muy agradable  en primavera. El señor Nietzsche va dando golpes de bastón a diestro y siniestro y se debe vigilar un poco para no recibir uno cuando, por descuido, levanto la vista hacia el silencio verde de los campos. Hoy llueve. El cielo se vacía alargando la tarde. Si fuera un mal escritor diría poéticamente:”Los ojos ven como se multiplica el beso sobre la tierra en la percusión monótona de la lluvia. El agua improvisa un río encima del camino. Se funde una gassa densa entre las montañas. Un fulgor de plata recorre las hojas del almendro y después, cansado, suena un trueno solitario. La pupila se tensa.”

 Mi hija duerme mientras llueve. Mi señora cocina, ha recogido las primeras habas del huerto y prepara una sinfonía para mañana. Abro una de las últimas naranjas del año y me doy cuenta que la tranquilidad se ha impuesto razonablemente. Las preocupaciones laborales del invierno han ido pasando. Cuando en el inicio de temporada se anota en la agenda las fechas comprometidas del calendario laboral, a veces se tensa una red que parece imposible de franquear. Y ahora, que ya ha pasado casi todo, uno se da cuenta que no había para tanto. Ya sólo queda la Feria de títeres de Lleida, los ensayos de L’Auditori para “Wimoweh”, 4 bolos más, continuar desarrollando el proyecto “Petruixka” para el Gran Teatro del Liceo, y preparar “Caballito de cartón” para este verano, poca cosa…

 ¡Dicen que mañana saldrá el sol y el sol sale para todo el mundo! ¡Así pues, a trabajar!

¡El Carro de Febo! ¡También conocido como “El sol”!

¡Hasta pronto!

No saber más

Publicado mayo 3, 2010 por marchervas
Categorías: Jardines de la reina Rosamunda

Una de las sensaciones habituales en mi trabajo, y con la cual no he conseguido  convivir bien, es la sensación de no saber más. En un proceso de escenificación llega un momento en qué ya no sé qué más hacer. A partir de unas herramientas muy concretas he llegado a exprimir la totalidad de mi creatividad y en este momento de vacío siempre se pone en marcha una obsesión creciente por descubrir como continuar avanzando . Esto me ha pasado en la dirección de “Al arca a las ocho”, una producción de la Fundació Xarxa que se puede ver estos días en la Mostra de Igualada.

El hecho que no sepa qué más hacer para mejorar el espectáculo no quiere decir, pero, que esté satisfecho de él. Mi relación con los espectáculos acabados (o mejor dicho estrenados) siempre ha sido algo enfermiza. Mis espectáculos no me han gustado nunca. En general, han tenido más o menos gracia dependiendo de la calidad de la materia prima y del proceso de trabajo. Ahora bien, una sensación de felicidad completa respecto un espectáculo mío me hace venir mareos sólo de pensarlo. Esto, evidentemente, es una forma como otra de neurosis. Tengo una especie de horror a la cosa definitiva, a la cosa quieta, que asocio a las cosas muertas que sólo pueden esperar la putrefacció y aniquilación (Tranquilos, ya llega el médico.)  Cuando acabo un proceso de ensayos, siempre me domina la obsesión por encontrar maneras de mejorarlo, de continuar avanzando y no parar nunca. Las obras de arte que me gustan no son nunca cosas quietas. Ni la pintura, ni la literatura, ni la música que me gusta son cosas quietas. Siempre las percibo en movimiento. Incluso la buena escultura la percibo en movimiento. Cuando me acerco a un desnudo de Maillol, tengo la sensación de que la señora me dará una bofetada de mármol en cualquier momento.

En mi trabajo, salvando las distancias, nunca logro esta mezcla de obra acabada y móvil a la vez. Evidentemente, el teatro es el arte de aquello irrepetible y por lo tanto no se puede fijar nunca. El problema surge cuando no sabes qué hacer para avanzar más, para mejorar lo que se ha hecho y acercar el espectáculo a la zona mágica del arte verdadero. Quizás una de las características de este arte verdadero es que no parece tener autoría. Parece un producto de la naturaleza con autonomía propia. El trabajo del director no consiste, pues, en mirarse a sí mismo y expresarse porque se tienen cosas que decir, sino que se trata, más bien, de abrir las puertas a mundos necesarios que existen en los territorios paralelos a los de la comprensión cotidiana. O como diría mucho mejor Lorca “Yo no soy un poeta, sino uno pulso herido que ronda las cosas del otro lado”. El arte ha de abrir mundos y el artista debe ser un humilde portero. O en cualquier caso un derrumbador de paredes. Olvidarse de uno mismo, pues, es fundamental. Dalí decía que para pintar bien se debía pensar en otra cosa. Esto siempre me ha dado vueltas en la cabeza.

Así pués, cuando me encuentro ante un espectáculo acabado y no sé como mejorarlo, ¿qué debo hacer? ¿Hacia dónde debo dirigir mi obsesión? Antes que nada hace falta detectar de dónde vienen las señales de insatisfacción. En el caso de “Al arca a las ocho”, aún y aceptar que es una de las mejores cosas que he dirigido  (gracias a los actores), también me deja insatisfecho. La iluminación, por ejemplo, podría ser mejor. Pero esto tiene fácil solución. Quiere horas ante el plano de luces, aunque hace falta tener en cuenta las horas de montaje y la cantidad de material que se encontrará la compañía yendo de bolos. La escenografía es la que es, dado un presupuesto limitado. Nada que hacer. En todo caso la iluminación puede ayudar. El trabajo de guardia urbano (es decir, la mía: tú entras por aquí, sales por allí, te paras aquí..) me parece correcto y no veo posibilidad de muchas mejoras, o quizás sí, no lo sé.

El lugar de dónde viene el grado de insatisfacción más grande de este espectáculo es del territorio de las ideas. Mirando el espectáculo, pienso: ¿Qué están diciendo? ¿Qué importancia tiene esto que dicen? ¿El público como se siente identificado? Estos últimos ensayos he tenido la sensación de hacer una cosa marcada, hecha técnicamente, pero dónde había algo de desconexión de los actores respeto la ideología del espectáculo y por lo tanto el efecto de la identificación era un poco superficial. El público, para ir bien, siempre debería pensar: “Sí, yo podría ser este personaje!” Para conseguir esto la clave es el compromiso ideológico del actor. El actor se lo debe pasar muy bien haciendo de demiurgo de una realidad todavía no expresada por el público, pero vivida. El actor debe ser cómplice de un acto de transgresión de la realidad convencional. Toda la compañía debe compartir el mismo plan y cada cual desarrollar sus habilidades, como en una banda de atracadores del banco de las normas quietas. La perversión debe ser total. Un actor debe ser un hijo de —-, como diría el maestro.

Identificar qué es lo que transgredimos es un trabajo imprescindible y que está en los fundamentos de toda escenificación. En nuestro caso, la transgresión está en la manera de hablar de Dios. El espectáculo evidencia, muestra, ridiculiza y se compadece de las maneras de hablar sobre Dios de tres pingüinos y, por extensión, de los seres humanos. Transgredir no quiere decir romper cristales, tirarse eructos y pedos o hacer más o menos el gamberro. Para mí transgredir quiere decir ampliar el territorio de aquello posible. Hay muchas maneras de hacerlo. Depende del gusto de cada cual… En cualquier caso se ha de conseguir sorprender el intelecto del público. Crear lo que Platón denominaba θαυμάζειν, es adir: admiración y extrañeza.

¿La rotura de los límites queda claro en nuestro espectáculo? Yo creo que sí, pero quizás se podría ir más a fondo si los personajes también lo hiciesen. En el espectáculo que nos ocupa, quizás los personajes podrían ser más interesantes, y que nos explicaran más cosas de su manera de pensar particular. ¿Esto cómo se hace? Como dice el dicho, mareando la perdiz, haciendo otras cosas no relacionadas con la acción de las escenas, colocando los personajes en situaciones improvisadas que nos puedan ayudar a profundizarlos.

Este tipo de trabajo necesita un trabajo de improvisaciones más o menos dirigidas. Claro está que se debe buscar la utilidad de la improvisación. Pero es el actor quien siempre tiene más que decir. Es necesario que el actor sienta el personaje como propio. Esto puede parecer muy evidente, pero a los directores inseguros como yo a veces nos gusta controlarlo todo. Ligar todos los ingredientes es la principal tarea del director, en ningún caso crearlos. En esta ligadura, la gracia rítmica es la base de todo. El espectáculo debe ser una unidad musical (rítmica). El movimiento de los actores debe basarse en la danza, en la continuidad, en el contrapunto, en las dinámicas, etc… Lo que más me horroriza son los tiempos muertos. Son momentos en qué el espectáculo muere, desaparece la gracia y volvemos a la sórdida realidad. Son pequeños fragmentos de segundo por dónde la energía del espectáculo se cuela y desaparece. La cuestión, pero, es no ir como una moto, sino jugar con los tempos. A los ignorantes los gusta mucho decir: “le falta ritmo”. Con esto quieren decir que tienen el oido acostumbrado al rock and roll o que creen que el arte debe ser como una percutora del Ministerio de Fomento. Tac, tac, tac, tac, tac! La cuestión es no confundir la velocidad con el ritmo. El ritmo viene dado por el interés. Un adagio tiene una intensidad rítmica mucho más grande que una aburrida ametralladora.

Pero, a ver… ¿ Dónde hemos ido a parar? Estábamos hablando de como mejorar un espectáculo cuando un no sabe más. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¡Ah! ¡Por la obsesión! Una obsesión que me acompaña siempre. Resuena a cada paso. Andar es un buen remedio. De hecho, andar, es el mejor mecanismo por desacer problemas. El culto a Dionísio también funciona, pero a mi edad… Después, cuando se ha detectado cual es el problema y como solucionarlo, hace falta hacerlo. Y para esto es necesario dedicar tiempo. Actualmente, pero, tener tiempo es un lujo inalcanzable. El tiempo de la gente es muy caro. Y por esto acaba imponiéndose el conformismo de: “Bueno…, así no está tan mal.” A veces, el agotamiento también influye. Y me queda una piedra al zapato. Me dicen: ¡Hombre, no exageres! Sólo miras las cosas malas de un espectáculo. Es cierto, es mi joroba profesional. Incluso cuando salgo a la calle sólo miro las cosas que no funcionan o que son feas. Andar, otra vez, ayuda a dar una buena perspectiva de la importancia de las cosas y a apreciar la belleza. El arte se lo inventaron grandes andadores. Pocas cosas son tan bonitas como un cielo incendiado bajo una encina, después de una hora de caminada con mi señora y mi hija. Se debe entrenar el cerebro a la positivitat. La obsesión feliz es el ideal. A esto, los psicólogos norteamericanos lo llaman FLOW. Aunque no sabemos más, pues, miraremos de aprender más, rizando el rizo con una sonrisa.


¿Sabéis quién es este? ¡Es el inventor de la admiración y la extrañeza! ¡La θαυμάζειν! ¡Es Platón!

¡Hasta pronto!

El maestro

Publicado abril 12, 2010 por marchervas
Categorías: Jardines de la reina Rosamunda

El príncipe Totilau me ha dado permiso para dejar el palacio durante dos días e ir a disfrutar del último espectáculo de mi maestro Albert Boadella. Así pués, siguiendo mi pasión particular, esta Semana Santa he ido de procesión cultural a Madrid. El plan era muy sencillo: Ave, bocata de calamares, Joglars, hotel, Prado y Ave.

Mi padre me acompaña a Lleida para coger el tren. El viaje es soleado y nos distraemos con una animada discusión sobre el maestro y su exilio a Madrid. El Ave es el metro de España. En un momento te plantas en Atocha y esto me da una sensación de irrealidad que me marea un poco. Madrid, antes, era una ciudad lejana y un poco mítica. Cuando en mis giras teatrales de juventud llegaba a Madrid, había pasado por un montón de puertos peligrosos donde nos esperaba la nieve y la lluvia. Ahora el Ave es rápido como una bofetada pero que no hace ruido.

Lo primero que hago es buscar el pasado, que se concreta en la forma de un bocata de calamares. Cuando era joven este bocadillo me parecía una cosa exquisita, muy adecuada a mi estómago desordenado. Justo en Atocha había “La joya”, un bar de bocadillos donde hacían “el mejor bocata de calamares del mundo”. Si comprabas dos te regalaban un litro de cerveza, así que pedíamos los bocadillos de dos en dos. “La joya” era un bar pequeño y sucio, con el suelo lleno de papeles, vasos de plástico y trozos de bocadillo. Los camareros eran muy simpáticos, como es habitual en los camareros de Madrid. Siempre he pensado que es en esta ciudad donde la principal profesión de los españoles (es decir, la de camarero) llega a su grado más alto de excelencia. “La joya”, pero, estaba cerrada. Y por el grosor de papeles enganchados en sus cristales hacía mucho tiempo que había dejado de servir. La decepción es enorme. Pienso que quizás todo era un sueño, y que nunca volverán aquellos tiempos de felicidad juvenil. Continuo andando sin rumbo y entro en el primer bar donde anuncian el preciado botín. El bar está muy vacío, y esto me hace sospechar. Empiezo a morder el bocadillo y… ¡qué desastre! ¡Tempus fugit irreparabilis! Mi cuerpo no consigue tragarse el porexpan que usan como pan. Los calamares hacen una bola de caucho en el estómago y salgo de la estafa con la cabeza baja. Pienso que mi cuerpo ya no es el que era y ahora no aguanto nada. ¡Ah, aquellos tiempos desaparecidos por siempre jamás! ¿Ubi sunt?

Andar por Madrid es un ejercicio agradable. Hace sol y tengo tiempo. Los madrileños parecen gente naturalmente feliz. Quizás porque no aspiran a nada. Son felices siendo como son. Los madrileños, como mucho, aspiran a ser norteamericanos. Pero bueno… esto nos pasa a todos. Esta es la razón por la que la embajada de los EEUU sea uno de los lugares más importantes de Madrid. Paso por el Círculo de Bellas Artes y pienso en los grandes escritores del siglo pasado: Valle, Machado, Lorca… Continuo andando y la obsesión por Lope se impone. Veo a Lope en todas partes. Lope andando, Lope seduciendo, Lope escribiendo, Lope, Lope, Lope. Así, paso a paso, llego a los Teatros del Canal y como que he llegado muy temprano busco un Starbucks para leer un poco en alguno de sus sofás y pasar el rato hasta que empiece el espectáculo de Els joglars. Todavía estoy algo mareado por culpa de este Ave a toda pastilla y quiero estar en plenas condiciones físicas y mentales para disfrutar del último espectáculo de Els Joglars. ¡Poca broma! Cada último espectáculo de Els joglars ha sido siempre un paso importante en mi biografía personal y profesional. ¿Quizás por esto estoy algo mareado? ¿Será una variante del sindrome de Stendhal?

Llega la hora de entrar al teatro, que es como un gran congelador con escaleras mecánicas y luces de neón. En la platea hay mucho movimiento. Gente de todas las edades y aspectos van llenando los asientos hasta que queda una sala llena como un huevo, magnífica. Bravo, antes de empezar. Sube el telón. El espectáculo me gusta muchísimo. Se me hace difícil hablar de él. Me deja un caos de sensaciones e ideas difíciles de discernir y que se depositarán a mi cabeza a lo largo de los próximos meses. Empieza y acaba con dos magistrales efectos teatrales. En medio hay una gran fiesta. Els joglars están en otra órbita teatral. No hay, en este país, una compañía con la energía, la alegría, las ganas de fiesta y la valentía para realizar venganzas ideológicas como Els joglars. No hay una compañía con las ganas de conectar con todo el mundo y con la ausencia (u ocultación) de intelectualismos como Els joglars. Una compañía, en definitiva, que consigue aquello que parece tan simple: que nos identificamos en cuerpo y alma con lo que pasa en el escenario e identificamos un mundo del cual vengarnos. Espectáculo y público somos una sola cosa con Els joglars. Me maravilla la tranquilidad comunicativa del espectáculo, parece hecho sin esfuerzo. Todo es clarísimo, no hay dudas. ¡Qué caligrafía! Al acabar el espectáculo suenan unos grandes aplausos. Pienso: esto no es cultura. ¡Esto es una fiesta por la vida! Lo que más envidio de Els joglars no es el talento y la capacidad de trabajo de Albert Boadella y sus actores (cosa de brujería), lo que más envidio es esta sensación de que toda la compañía tiene un solo objetivo. Un colectivo que es una unidad encima del escenario. ¡Todos a una! Esto da una maravillosa sensación de prodigio enmedio de un panorama teatral español caracterizado tristemente por los mercenarios oportunistas y los aspirantes al funcionariado. Los aplausos resuenan dentro de mi cabeza mientras me pierdo por el metro de Madrid. ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!

Al día siguiente me levanto en un hotel en las afueras de Madrid. Como que soy de pueblo, bajo andando hasta el Museo del Prado. El ritmo andado del Stabat Mater de Vivaldi me acompaña durante el paseo. ¿Debe ser la semana Santa? ¿O quizás la coreografía “Minus 16″ de Ohad Naharin que vi hace un par de semanas en el Liceo? La cuestión es que esta música se me ha clavado en la cabeza. Después de cafeinarme  entro en la exposición temporal del Prado “El arte del poder”. Es una exposición brillante y divertida. “El Diós Marte” de Velázquez es un cachondeo. Este pintor estaba de broma. Después me pierdo en las nieblas de Tiziano. Unas nieblas de color de miel, de barro y de sangre… Armaduras de la Real Armería. Los magníficos relieves de los cascos bruñidos de Carlos V debían de hacer el efecto de llevar un plato de macarrones en la cabeza. El populacho debía poner los ojos en blanco. Paso a la exposición permanente y Tiziano, otro vez, me hace un gran efecto. ¡Qué montón de carne tan bien puesta! ¡Qué cuadro más delicado “La dolorosa”! ¡Stabat Mater dolorosa! ¡Ah, ahora lo entiendo todo! Es la conexión veneciana: Vivaldi y Tiziano.

De Tiziano paso directamente al Greco. Se hace tarde. Me entretengo con “El caballero de la mano en el pecho”, después con las estructuras humanas amarillas, azules y verdes que suben al cielo. ¡Estos cuadros verticales de Greco, qué maravilla! Las salas de Greco son un buen lugar para enamorarse. Pero, por desgracia, mi señora y mi hija no están aquí, me esperan a casa, y el tren esta a punto de marcharse. Salgo de el Prado y entro un momento en el bar Brillante (un bar realmente brillante) y pido un bocadillo de calamares. ¡Al fin lo he encontrado! Aquí me informan de todo: los antiguos propietarios de “La joya” ahora han abierto este grande y resplandeciente “Brillante”. Los bocadillos mantienen su calidad exquisita. Son calamares de aire que me elevan al primaveral “cielo de Madrid”. Entra un gorrión en el bar y el camarero me dice que “lleva aquí dos años. El año pasado venía con la familia y los alimentaba”. Yo me reconcilio con Madrid y su bocata de calamares tan famoso. ¡Quizás no soy tan viejo!

¿Es Tiziano? ¿Es El Greco? ¡No! ¡Es el maestro Albert Boadella!

¡Hasta pronto!

La furgoneta

Publicado marzo 10, 2010 por marchervas
Categorías: Desde el carro de Tespis

Hace un año, el príncipe Totilau nos hizo la gracia de una grande y potente furgoneta. Es una Wolkswagen Crafter de la que me siento muy orgulloso. Aunque siento un cierto asco por los coches y que la locura social por estas máquinas me produce una gran indiferencia, las furgonetas son otra cosa. Un aprendiz de brujo necesita una furgoneta, pienso; y algún día, si Diós quiere, tendremos camiones. ¡Será el momento de felicidad suprema!

Este fin de semana hemos viajado a Toledo con nuestra furgoneta. Teníamos un par de bolos de “La tempestad” en el magnífico Teatro de Rojas. El viaje es de unas seis horas. Cruzamos España como un rayo, no se hace nada pesado. A 120 km/h subimos los puertos de Calatayud con la sensación de que todo es posible. Mi antiguo carro de Tespis tenía un motor de 90 caballos y quedábamos clavados en  las cuestas de la Meseta. ¡Ahora tenemos la sensación de volar! Durante el viaje hacemos trabajo de texto. Los actores repasan el texto y yo, al volante, hago algún cambio en las réplicas para que la dramaturgia quede más clara. El tema de “La tempestad”  es el perdón; así pués, añadimos un par de réplicas que ayudan a hacer un final más concluyente. Los actores realizan estos cambios sin ensayar, directamente ante el público. Esto hace que le efecto se perciba de manera más nítida. Los actores necesitan de estos pases de texto en la furgoneta para estar tranquilos. Además, en estos bolos mi esposa debe sustituir a la Fiona, y no ha hecho nunca su papel. Mi señora tuvo nuestra primera hija hace un par de meses y al cabo de un mes y medio ya volvía a estar encima de los escenarios subtituyendo los actores cuando estos tenían otros compromisos. Mi esposa nos da una lección de profesionalidad y de ausencia de humos y vedetismos que es lo que constituye al auténtico actor. Es el actor que no piensa en sí mismo, sino en el teatro, en los personajes y en la historia que estamos explicando. En la furgoneta, pues, vienen Jaume, Maria y  Clara, actores; la pequeña Laura de dos meses (que se porta muy bién), y mis padres, que la mecerán, entre bambalinas, durante las funciones. ¡Sólo falta la gallina! Estas cosas me dan la sensación de regresar a una profesión antigua, precaria y divertida.

Toledo tiene un skyline muy bonito. El Alcazar es un volumen urbano impresionante. El Tajo dibuja un arco silencioso alrededor de la ciudad. Nos acercamos a las murallas siguiendo el GPS y  llamamos a la policía para que nos acompañe hasta el teatro. Así lo hacen con todas las compañías. La furgoneta tiene que circular contra dirección y la policía nos escolta hasta las puertas del teatro. Allí nos espera Eugenio, el jefe técnico del teatro. Un hombre del oficio con un bigote de autoridad bien definida. Eugenio es de aquellos técnicos que me producen una gran admiración y respeto. Sabe lo que se hace y le gusta hacerlo. Esto, entre los técnicos, no es habitual. Hacemos un montaje rápido, mientras mis padres van a visitar el barrio judío de Toledo con nuestra hija. Yo hago algún error de principiante en la ubicación de los focos. ¡Siempre seré un aprendiz! Eugenio me hace pequeños reproches desde la simpatía y el buen humor. Probamos el sonido, la función empieza y nos falla un micro. ¡Misterios de la técnica! El público aplaude feliz y, lleno de agradecimiento, saluda a los actores cuando estos se acercan a platea con los títeres. Los actores se hacen fotos con los niños.

Salimos a la calle. Hacemos un menú de cocina castellana muy bueno y barato, al lado de unos alemanes muy bien educados. Paseamos por Toledo para digerir los callos y visitamos la Catedral. Para los que tenemos DNI español, la entrada es gratis. Es en estas pequeñas cosas cuando me siento más orgulloso de ser español. La Catedral me hace pensar en Granada. Me gustaría volver. Como tenemos poco tiempo, no podemos hacer más el turista y volvemos al teatro. Esto de ir de bolos no te permite hacer demasiadas visitas. Viajar sin viajar. ¡Es una lástima! Como mucho hacemos un turismo detrás de los cristales de la furgoneta. Algún día volveremos a Toledo con más tiempo. La segunda función va mejor que la primera. El micro funciona. El público aplaude con más fuerza. Mi madre, que ha visto la función entre bambalinas, dice que le ha gustado mucho. Los cambios que hemos ido haciendo en el espectáculo desde que lo estrenamos lo han mejorado decisivamente y ahora empezamos a lograr los objetivos que teníamos con este proyecto: Hacer un Shakesperare para niños sin adulterar Shakespeare, y, sobre todo, hablar del perdón.

Salimos de Toledo mientras la oscuridad de la noche se impone y conducimos dos horas hasta el hotel Zenit de Alcolea del Pinar. Un hotel mítico para nuestra compañía y para muchos camioneros. La cena es abundante, las habitaciones algo frías. El ruido de camiones que pasan por la A2 es constante. Dormimos con un sueño ligero. Al día siguiente me levanto temprano y voy a leer al bar con un buen café americano en la mesa. Este hotel es algo destartalado y deprimente pero siempre acabamos volviendo. En el baño hay una pintada que dice “putos empresarios”, otra “todo se arte”. Venden pastas artesanas numantinas en la barra del bar. ¡Numància! Siento una inmediata conexión con la resistencia de los numantinos y nuestro trabajo. Recuerdo que Woody Allen dice que el 80% del éxito depende de insistir… Debe ser que todavía duermo. Sale el sol y está todo nevado y helado. La carretera, pero, está limpia. Llegamos a Lleida con un sol de primavera. Nos avisan que en Catalunya hay un temporal de nieve muy fuerte. En Lleida empaquetamos a Maria (metafóricamente, claro está…) dentro del tren para que pueda llegar a Barcelona con más seguridad. El resto probamos de cruzar la Panadella. La carretera se va convirtiendo en una pesadilla después de Tàrrega. En la bajada de la Panadella el silencio es absoluto, la concentración total. No se ve la carretera. Un antiguo accidente cuando regresábamos de un bolo enmedio de una nevada me hace estar especialmente alerta. Por fin llegamos a Igualada. Colocamos a Jaume dentro de su coche para que pueda volver a Vilafranca. El resto seguimos el camino hasta el Palacio de Invierno donde nos espera el príncipe Totilau. La nevada acaba de cortar la carretera detrás nuestro. ¡Hemos llegado justo a tiempo! El príncipe nos ha preparado una buena comida y el hogar de fuego de la cocina del palacio está encendido. Es muy agradable volver a estar bajo la protección de nuestro querido príncipe. ¡Viva el príncipe Toilau!

¡Nuestro carro de Tespis con motor de explosión!

¡Hasta pronto!

No es personal, son negocios…

Publicado marzo 2, 2010 por marchervas
Categorías: Desde el carro de Tespis

La pasada semana estuvimos participando en la feria de teatro infantil FETEN que se celebra en Gijón anualmente. La feria es de las pocas que funcionan bien. Es decir, vienen programadores y si les gusta el trabajo que haces te contratan. Esto, que puede parecer obvio, no lo es, porque hay muchas ferias y festivales que con la excusa de que vienen programadores organizan una programación teatral de lujo a coste cero; buno, pagando las compañías… Es el timo de la estampita. El festival de FETEN, en cambio, funciona muy bien. hicimos tres actuaciones de “La tempestad”. vinieron bastantes programadores y aplaudieron con decisión y contundencia. Ya veremos qué pasa después. ¿Saldrán bolos? ¡Esperémoslo! Por el momento hicimos lo que teníamos que hecer.

Otra cosa es toda la comedia que generan los festivales con las entrañables interpretaciones de los programadores teatrales y de las compañías detrás de ellos. De programadores teatrales los hay de muchos tipos. La gran mayoría son funcionarios de los ayuntamientos que tienen como objetivo llenar su programación teatral. También hay compañías que en realidad vienen a vender sus espectáculos pero que se acreditan como programadores porque organizan un festival o traen una pequeña sala dónde programan alguna obra de teatro. Y en tercer lugar hay toda clase de grados en las escaleras de la administración cultural del estado y las diferentes autonomías, que no sé muy bien qué hacen… Todos juntos me parecen una nube compacta ante una compañía independiente como la nuestra. Esto es, evidentemente, una generalización absurda, neuròtica, con unas gotas de paranoia. Pero vaya, así estamos hechos…  El programador es quien te contrata y por lo tanto miras de quedar bien con él. Las sonrisas y saludos son generosos. Mendicidad encubierta. Si toda la comedia fuese para dirigir el Deutsche Bank, lo entendería. Pero la realidad es que las muecas y gesticulaciones tienen un único objetivo: un pobre bolo de teatro infantil. Me gustaría tener amigos entre los programadores, de hecho son nuestros intermediarios con el público. Me imagino que hacemos un trabajo conjunto, estamos en el mismo bando. Hay programadores cultos y bien educados a quienes admiro sinceramente porque hacen muy buen trabajo en sus teatros. Pero a menudo sólo consigo establecer unos lazos de simpatía con aquellos que no nos pueden dar nada. Con los que nos pueden dar bolos, si no son admiradores declarados, hay tirantez, desconfianza y feudalismo. Las compañías nos los miramos desde la inferioridad: ellos tienen un sueldo asegurado y pagas dobles, y nosotros dependemos de su bolo por poder ir al supermercado. Esta realidad bancaria los permite grandes actos de generosidad artística dando lecciones sobre las imperfecciones en las escenificaciones que uno hace. A veces, pero, el programador teatral tiene poca formación teatral. De dónde salen, no lo sé. Siempre me los imagino con un pasado artístico fracasado. Con un punto de rencor contra sí mismos por no haber perseverado en la miseria teatral, aceptan una plaza en la administración cultural y sueñan con la jubilación. Es evidente, pero, que no todos son así. Los hay que se han formado debidamente y tienen una vocación benintencionada por hacer su trabajo (¡aunque no nos contraten!). Estos hablan con respeto y conocimiento. Entiendo que la dureza que los programadores deben mostrar con las compañías se debe a que la mendicidad es enorme y cuando nos reunimos todos los mendigos a la salida de la iglesia de Nuestra señora de Begoña lo mejor que se puede hacer es espantarnos como moscas. ¡Fuera! ¡Fuera!

En FETEN hay algunos programadores que se conocen entre ellos. Son amigos y hacen grupitos. Cuchichean y van a cenar juntos. Esporádicamente hay saltos de cama en el hotel. Los hay algunos  muy aventureros que aprovechan el festival para el amor fugaz. ¡Viva el amor! Por las noches, cuando han acabado todas las funciones, se van a tomar copas con las compañías que se lo curran más hasta las cuatro de la madrugada. Según me han dicho, aquí es dónde se decide todo. Algunos amigos malintencionados me han dicho que, cargados de mojitos, se llega al consenso sobre los espectáculos: estos son los buenos, estos no lo son. Yo no me lo creo. ¡Hay de todo a la viña del Señor! Los hay que no necesitan la opinión de los demás paras formarse una propia. Nos recomendaron que fuéramos a tomar mojitos si queríamos tener bolos. Yo pedí a mis actrices y a mi actor (todos tres de muy buen ver) que se arreglaran un poco, se abrieran un par de botones del escote y se ofrecieran en sacrificio al altar del bolo, pero prefirieron ir a hacer un paseo nocturno por la playa. ¡Desagradecidos! Yo tengo excusa: tengo una niña pequeña y mi mujer que me esperan en el hotel. Además, quiero tener el convencimiento de que los bolos que tenemos o dejamos de tener se deben exclusivamente a la calidad de nuestros espectáculos. ¡Tenemos, pues, que trabajar más y mejor!

Gijón es una ciudad que me gusta. La gente es amable y elegante. El mar es magnífico, como siempre… El paisaje es ondulante y verde, con un fondo de montañas soberbias: son los Picos de Europa. Hemos hecho el viaje con nuestra hija de un mes y medio. Llegamos tras nueve horas de furgoneta, pasando por el País Vasco, Cantabria y Asturias. Hemos visto un mar fuerte y romántico que incita a la aventura. Es el norte. Este país me hace ser optimista. Debe de ser el verde. En la ciudad encontramos a mi hermana ya mi tía que trabajan en mi antigua compañía, el Teatre nu. Ellas nos han hecho de canguro durante las funciones. Estos negocios teatrales son una cosa familiar. ¡La familia! ¡Como decía Vito Corleone! La dificultad está en conseguir mantener la sangre fría ante de los programadores. “No es personal, son negocios” me repito en mi cabeza siguiendo el consejo del Padrino.  Pero no es posible. ¡Es personal y son negocios!

¡El gran Vito Corleone!¡Un gran ejemplo para todos los aprendices de brujo!

¡Hasta pronto!

Mamootot

Publicado febrero 9, 2010 por marchervas
Categorías: Palacio de Invierno

El príncipe Totilau me ha encargado que me ponga al corriente de los espectáculos de danza contemporánea que se hacen por aquí. El príncipe tiene la intención de hacer un espectáculo de danza y quiere que su director, es decir: yo, tenga una cierta capacidad para no hacer demasiado el ridículo. Así pués. este fin de semana fui al Marcat de les Flors a ver “Mamootot” de la Batsheva Dance Company. El espectáculo me pareció excelente. Si tenéis la oportunidad de verlo, hacedlo. Desde el punto de vista profesional, es especialmente recomendable para los actores. Se podría decir que es un espectáculo didáctico, claro, como el buén arte.. En este espectáculo me sorprendió todo. Primero el espacio escénico: un espacio central cuadrado de unos quince metros de lado, con un linólium blanco en el suelo y una iluminación industrial que daba al espacio escénico un aspecto de sala de disección, o de sala de espectáculos de una nave de unos extraterrestres. Las luces del escenario estaban encendidas al entrar el público y la reververación de la luz al chocar contra el linólium generaba un tono constante y agradable de luz que sale de la tierra, luz que sale del espacio. Siempre me ha gustado la luz que sale de debajo de los actores. Es una luz que me hace pensar en los ritos antiguos cuando la única posibilidad de iluminación eran velas, antorchas o un fuego encendido. Es una luz especialmente teatral y sagrada. Las sillas también parecían formar parte de la escenografía. Me pareció que la compañía las llevaba de gira conjuntamente con el linòlium. No es que fuesen unas sillas muy raras, pero, aunque eran de plástico, no molestaban nada. Armonizaban perfectamente con el espacio y, lo que es más importante: no hacían ningún ruido. Al sentarme en mi asiento me intereso por las conversaciones de los vecinos. A la izquierda hablaban de los “deja vu” y a la derecha tenía una pareja que empezaba a salir, con pocas perspectivas… (pienso, entrometido.). Los espacios escénicos centrales no me han gustado nunca demasiado. Son espacios para la vanidad, para mirar el público que tienes en frente y para ser mirado. El espectáculo es una sombra que pasa en medio del público. La realidad siempre es mucho más interesante que el teatro. En este tipo de espacios, siempre me ha interesado más la señora curiosa de enfrente que la actriz que deambula por enmedio.  La mirada humana es frontal, otra cosa es como se consigue que el público se sienta parte de una unidad. Quien mejor resolvió este desafío: frontalidad y unidad, fueron los griegos. Desde entonces no hemos hecho nada más que retroceder, exceptuando unos cuántos casos ilustres .

El público me pareció muy heterogéneo y esto me gustó mucho. Es un signo de buena salud. Gente mayor, gente joven, algunos niños, modernos, clásicos, despreocupados y metafísicos, todos esperábamos que pasara algo. Y pasó. Primero apareció una chica andando en una posición vertical perfecta. Parecía un cuerpo nuevo, acabado de comprar. La chica empezó a moverse haciendo unos movimientos y gestualidad que yo recordaba. ¿De qué me suena esto? Era una gestualidad un poco de robot, o androide, como si hubiesen construido un “replicante” y le hubiesen dado instrucciones para moverse como los seres humanos. El movimiento continuó haciendo sus pruebas y pasando por toda clase de posiciones que me hacían pensar en figuras de cuadros del renacimiento, en comedia dell arte, en teatro oriental, en artes marcials… Era el alfabeto del movimiento. Al cabo de unos minutos, cuando el público empezaba a inquietarse, entraron los otros siete bailarines y empezó la fiesta. Los vestuarios y maquillaje de los bailarines hacían pensar en muchas cosas: en estatuas clásicas, en astronautas, en personajes de comedia dell arte, en pijamas… Era un vestuario y un maquillaje muy agradable de ver. Era tranquilo y generaba muchas interpretaciones inconconcretas. Generaba una búsqueda constante.

Cada bailarín tenía su personalidad física. Los peinados eran de gente que te podrías encontrar hoy en cualquier plaza de Europa. Gente moderna y heterogénea. Todas las caras y los cuerpos eran muy potentes, muy individualizados. Cada bailarín nos explicaba la historia de su forma: de sus ojos, de los labios, de la construcción ósea, de la belleza de su materia… Lo que más me gustó fue ver como los bailarines, o androides, aprendían a moverse y tener sentimientos con el movimiento como los seres humanos. Este proceso generaba una identificación muy fuerte con los bailarines. El público sentía que él también había pasado por aquello. Los bailarines llevaban el cuerpo hasta su límite físico, siempre con una objetividad y análisis como de una máquina programada. Los bailarines se observaban mútuamente. Se sentaban entre el público y miraban el espectáculo. ¡Qué belleza! ¡Qué presencias más potentes! ¡Qué equilibrio y fuerza! ¡Qué vibración más afinada! ¡Como me gustaría que los actores fuesen así! Que con un gesto genererasen un mundo! A veces los actores son unos seres preocupados y distraidos que pasean por el escenario diciendo un texto. Estos bailarines eran comunicación pura, hasta la última célula de su cuerpo.  En algún momento miraron al público. Finalmente quisieron hacer un paso adelante y nos dieron la mano léntamente, para notar qué siente un ser humano. Me parece que la bailarina que me la dio a mí tuvo algo de miedo y huyó rápidamente… Esta voluntad de conexión con el público, de comunicarse con todo el cuerpo y alma es lo que me gustó más del espectáculo. Aquí sí que hubo unidad entre el espectáculo y los espectadores. Todos éramos seres humanos con la extrañeza constante de ¿Qué hacemos aquí, dentro estos cuerpos, con estas vidas? El espectáculo acabó cuando los androides aprendieron a bailar agarrados como lo harían dos enamorados en una Fiesta. Aparece el amor humano y uno se come al otro. Canibalismo. Oscuro. Grandes aplausos y ganas que el espectáculo no se hubiera acabado, que continuara tres horas más. Yo regreso al Palacio de invierno y pienso que me gustaría consegir esta expresión de los cuerpos en mis actores. ¿Cómo lo haré? ¡A jugar!

Una de las bailarinas de “Mamootot”.

En el New York Times decían que era un espectáculo con algun momento de erotismo. ¿Cómo se puede hablar de danza sin hablar de erotismo? ¡Son la misma cosa! ¡Por esto existe la danza! Lo que pasa es que hay algunos que estan algo enfermos y piensan unas cosas más raras…

¡Hasta pronto!

Las memorias de Goldoni

Publicado enero 29, 2010 por marchervas
Categorías: Palacio de Invierno

Ayer acabé de leer las Memorias de Carlo Goldoni. Es éste un libro muy bonito que, como muchos libros de memorias, acaba de manera triste. No es sólo una broma. Me pasa con muchos libros de memorias: me entusiasmo con la plenitud vital del autor y me voy entristeciendo a medida que se intuye el final de la vida. Pero la tristeza leyendo las memorias de Goldoni es doble porque murió muy pobre, en la miseria. Después de una vida llena de éxitos en Italia, Carlo Goldoni marchó a Francia con la intención de continuar su carrera profesional. Pero en París se acabaron sus éxitos y su creatividad, como un árbol transplantado en medio del verano. Da la impresión que el dramaturgo estaba totalmente vinculado a su paisaje y a su lengua. Aunque aprendió el francés, no consiguió conectar con el público de París como lo había hecho con el de Venecia, su pueblo natal. Goldoni sacaba sus personajes, sus argumentos y sus diálogos de la vida más próxima que le rodeaba. Este es uno de los elementos que más me ha gustado de este libro. Goldoni nos explica sus procesos de escritura y nunca son una cosa intelectual y oscura, que vétete tú a saber de dónde viene, sino que siempre son procesos vitales y simples que pretenden reflejar lo que se vive. Esto es muy agradable de leer si uno es un aprendiz de brujo como yo, porque uno se anima pensando que se pueden hacer espectáculos simplemente reflejando la realidad que nos rodea. No hace falta crear nada. La creación la dejamos para el Creador. Es verdad que hoy en día hay más genios que nunca. Pero la mayoría son genios secretos que viven en la intimidad autocontemplativa. Los que se muestran, duran poco. Normalmente duran los cinco últimos minutos de un telediario, como mucho. Yo prefiero al artesano silencioso. Y de artesanía dramatúrgica, Goldoni, sabía mucho. Goldoni tenía cuadernos dónde lo anotaba todo. Después lo reelaborava, lo trabajaba y lo pulía hasta el agotamiento. Goldoni iba por las casas, por los callejones y canales de Venecia, por los campos y por las ciudades, y anotaba diálogos, hacía retratos, y apuntaba ideas. Ya lo hemos dicho, era un producto del paisaje. También era un gran trabajador. No paraba. ¡Qué montón de trabajo que hizo! ¿De dónde sacó esta capacidad de trabajo? Yo, que soy un gandul frustrado, siempre he sentido una gran admiración por la gente que disfruta trabajando tanto. Pero volvemos a Goldoni. De repente, decide marchar de Venecia y se instala en París hasta el resto de sus días. ¡Y todo se acaba! Su carrera profesional se estronca definitivamente. Ya no vuelve a hacer nada de valor. ¿Por qué no volvía a Italia? Parece que, a pesar de la falta de èxitos, fue suficientemente feliz. Exceptuando, quizás, los últimos años de su vida en los que murió en la miseria. De esto no habla Goldoni. Es demasiado elegante. Esto lo sabemos por la nota a pie de página del excelente traductor.¡Muy agradecidos!

Estos días hemos estado llamando a muchos ayuntamientos del País Valenciano. Se ve que la Generalitat ha recortado la financiación del teatro y que las programaciones están en vilo. La verdad es que las compañías de teatro estamos notando la crisis con contundencia. El teatro siempre es prescindible. ¡Y en este país se han hecho tan mal las cosas que en Europa ya amenazan con echarnos! ¿Acabaremos en la miseria como Goldoni? La misèria no me daría ningún miedo si hubiésemos escrito una obra como la suya… Y si no la podemos escribir, quizás nos tendremos que dedicar a hacer de pastores de las ovejas del príncipe. ¡Oficio envidiable! O tendremos que emigrar hacia el norte y hacer teatro sin palabras.

¿A que no adivináis quién es este? ¡Carlo Goldoni!

¡Hasta pronto!

Frío

Publicado enero 16, 2010 por marchervas
Categorías: Palacio de Invierno

Estos últimos días hemos estado reensayando “La tempestad”. A pesar de que el espectáculo hace más de un año que se estrenó, una insatisfacción crónica atada a esta producción me hace continuar trabajando. A veces pasa. Hay espectáculos que no te dejan tranquilo.

El problema principal es que la identificación del niño con el espectáculo, es difícil. A mí me interesaba el personaje protagonista (Pròspero) y su dilema: vivir con rencor o perdonar. Me parecía que era un tema interesante para todas las edades y que los elementos de magia que aporta el argumento gustarían a todo el mundo, sin reservas. Pero me ha quedado un espectáculo un poco frío, un poco distante, cultural. A pesar de este poco, de este matiz, de este pequeño estorbo, también debo reconocer que dentro de mi habitual severidad autocrítica, estoy tolerablemente satisfecho… Otras veces ha sido peor.

Hace unos años, al acabar mis estudios de teatro, mi maestro, Albert Boadella, me lo dijo muy claro. Mientras yo me justificaba diciendo “tenía la intención de hacer esto, de hacer aquello…” me dijo: “Pues te has quedado en las intenciones…” Era cierto. Las intenciones no cuentan. Las intenciones se deben esconder. Deben quedar pudorosamente en la intimidad. El teatro es otra cosa. El teatro debe ser una fiesta colectiva. Pero para participar en esta fiesta hace falta identificarse con los personajes. Hace falta sentir que el personaje podría ser yo y experimentar esta hipótesis con una cierta sensación de vértigo, de peligro. Nunca como en “La tempestad” había sentido la importancia de la identificación. -¡Pero esto es más viejo que Matusalén!-, me diréis. Sí, siempre seré un simple aprendiz de brujo. ¡Nunca conseguiré el manto mágico de Próspero!

Encerrados en la sala de ensayo, hemos luchado contra el frío. El frío y el teatro siempre van unidos. Es como una maldición ancestral. Ensayar con frío es una actividad agotadora que subraya aquel adjetivo tan exacto de Josep Pla: el teatro es sórdido. Hacer como si nada es el trabajo principal de un director. Transformar la sordidez del frío, la sordidez de de la materia, la sordidez de uno mismo en el escenario, ése es mi sueño. Cuando esto pasa (¡rara vez!) uno se puede ir a hacer la siesta como el hombre más feliz del mundo. ¡Santa inocencia!

Me gustaría mucho tener un fuego de leña en la sala de ensayo. Y también tener unos grandes ventanales orientados hacia el sur, hacia la sierra de Miralles. Se lo pediré al príncipe Totilau. Este año nos hemos portado bien. Pero estamos en crisis y ahora esto es la excusa de todo el mundo. Las administraciones van recortando los presupuestos destinados a la cultura y esto hace que la batalla por la supervivencia sea mucho más dura, desesperada. ¿Quien quedará tras esta crisis? ¿Quedarán los más buenos? En la página web de Els joglars, en el blog Cuaderno de gira, se explica como el gran actor Ramon Fontseré hace horas extras cada fin de semana en una sala de ensayo gélida, que no sube de los 3 grados. A solas, Ramon, lucha contra el frío y la sordidez. ¡Homérico! ¡Esto si que es tenerlo claro! ¡Que cunda el ejemplo! ¡A trabajar, pues!

¡Hasta pronto!

Estar ahí o no estar ahí

Publicado enero 9, 2010 por marchervas
Categorías: Palacio de Invierno

Gracias a una reciente paternidad, el Príncipe Totilau me ha dado permiso para quedarme en el Palacio de Invierno al lado de mi esposa y mi hija, mientras que la compañía iba de gira por estos mundos. La sensación que un director tiene cuando, a la vera del fuego, piensa que en este preciso momento se está representando su obra en algún lugar del país, es una sensación sorda y extraña, de nido vacío, como dirían los yankees (que gracias a Díos ponen nombres a todas las cosas). Si, mis hijitos se han ido muy felices a hacer actuaciones sin mi. De repente, me doy cuenta que aquella obra de teatro que creía indisolublemente ligada a mi presencia, funciona perfectamente sin mi. Envío mis espías al teatro en cuestión (Majadahonda) y me informan que la función ha sido un éxito. A mi me cuesta creerlo… la vanidad me domina. ¿Cómo es posible? Resignado, mientras echo otro tronco en el fuego, pienso que el teatro es un arte fugaz y inasequible, como estas llamas trepidantes. ¿A quién pertenece el fuego? ¿Al tronco? ¿Al aire? Es una pregunta absurda. Tampoco el teatro pertenece a nadie. Sólo a los que estan ahí y notan su calor. Estar ahí o no estar ahí, esta es la cuestión.

La nieve ha caido. El cielo se ha levantado y ha dejado un paisaje antiguo, que impone su ritmo tranquilo. Los gorriones se acercan a la ventana sin miedo. La olla hierve. El fuego crepita. Sobre la mesa de la cocina preparo el trabajo de la próximas semanas: reensayar “La tempestad”, preparar el nuevo espectáculo, preparar las clases, avanzar en mis proyectos de escritura, leer… y cambiar las caquitas de mi hija.

¡Feliz año nuevo y hasta pronto!

El plan

Publicado diciembre 24, 2009 por marchervas
Categorías: Palacio de Invierno

El plan es el siguiente: quiero escribir un blog donde explicaré el trabajo que hacemos en La companyia del príncep Totilau. Quiero dejar constancia de nuestras intenciones, proceso de trabajo y impresiones después de haber actuado. Espero que este blog pueda ser un espacio de diálogo con nuestro público y también un espacio de reflexión con el fin de mejorar el propio trabajo.

Hoy hemos hecho un ensayo para recordar los “Seis Juanes” con los nuevos actores de la compañía. También ha venido Hèctor que hará de técnico los dos próximos bolos. Todo ha ido sorprendentemente bien y me ha dado la sensación que era un ensayo que nos podiamos haber ahorrado. Hèctor hacía mucho tiempo que no llevaba el control de sonido del espectáculo y lo ha hecho a la primera. Los actores también lo han hecho muy bien. Cada día se sienten más cómodos con el espectáculo que les ha tocado substituir, van incorporando cosas de cosecha propia, y no se desvían de la intención del espectáculo: ironizar sobre el comportamiento infantil. Hemos sufrido bastante frío y un desagradable olor de pintura y aguarrás que nos ha dejado un poco “colocados”. Después de la carga de la furgoneta, nos hemos dispersado para celebrar la Navidad a nuestros respectivos pesebres… Pienso: Son buena gente, si no son espíritus… (como diría Caliban.)

Después de barrer y fregar la sala de ensayo (una de les principales tareas de un director), he ayudado a Clara a inscribir nuestro espectáculo “La tempestad” en el catálogo “Cultura en gira” que organiza la Generalitat de Catalunya. Este catálogo proporciona una ayuda al caché de las compañías que estan admitidas en él, y muchos ayuntamientos sólo contratan los espectáculos del catálogo. Es por esto que es tan importante que nos inscribamos y aun lo es más que la Generalitat nos de la gracia de aprobar nuestra solicitud…

¡Tenemos que usar la cabeza para que no nos la corten!

¡Hasta pronto!


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